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miércoles, febrero 24, 2010

EL AVIÓN

Subí en un avión pequeño, una docena de pasajeros como máximo. Estábamos en el aeropuerto de LaGuardia en New York y el vuelo iba a Boston. Mi inglés nunca ha sido mucho mejor que mi coreano. A pesar de ello entendí perfectamente la regañina que me pegó la azafata (alta y de mediana edad) por que había dejado mi pequeña mochila en el suelo (no cabía en ningún otro sitio).
Despegamos.
Al cabo de un tiempo indeterminado el comandante (o el almirante o el oficial al mando) dijo algo por los altavoces, entendí Boston.
Bajamos todos.
Me dirigí a la salida.
No era un aeropuerto muy grande.
Pregunté cuándo salía el próximo autobús a la ciudad. Faltaba al menos media hora.
Sentado en un banco algo me vino a la cabeza.
¿Era Boston?
No había nadie por allí.
Fui a una tienda y miré las postales. Todas hablaban de Providence.
Fui a una oficina de información e hice la pregunta del millón: Sorry, Where are we ? quizás pregunté: ¿Cómo se llama esto? o quizás ¿Onde estamos?
El joven, dudo que le pregunten estas cosas frecuentemente, me contestó concisamente: Providence.
Asumí la poca dedicación y el poco interés que había puesto en el aprendizaje del idioma.
Tampoco era un problema. Tenía un tipo de pasaje que podía volar con todos los aviones de Delta Airlines.
Volví dentro y me dirigí al mostrador.
Pedí un vuelo para Boston, la señorita me preguntó si había venido en el de New York. Yes, le contesté imitando el acento de upper west side, para disimular el motivo del error.
Me condujo hacia un despacho. Los viajeros con los que había viajado estaban allí, enfadados, muy enfadados, gritando a los empleados. Estos aguantaban el chaparrón como podían.
Entendí que algunos de los pasajeros iban a perder un vuelo importante y que los pilotos habían desaparecido con la avioneta.
Nos metieron en una limusina y nos condujeron hacia Boston. Una señora de unos cincuenta años y con un acento horroroso intentó conversar conmigo, yo estaba interesado en saber que había pasado. Que yo entendiese que era la parada final era comprensible, pero ¿y los otros?, ¿los pilotos se habían habían bajado borrachos y se habían estrellado contra un camión? ¿Habían sido abducidos por unos señores de piel verde?¿Se habían ido de juerga con la avioneta y con la azafata desagradable a Hawai?... No conseguí averiguarlo.
Llegamos a Boston y nos despedimos.
Uno de los misterios de la vida.

martes, enero 29, 2008

LLAMADAS

Llamo por teléfono a urgencias y explico el problema: Mi mujer hace cinco días que parió y tiene un problema ginecológico, seguramente no es nada grave pero queríamos la opinión de un experto, a continuación le detallo el problema con pelos y señales. Justo cuando se lo he contado se presenta como la telefonista y dice que me pasa con un médico. Hablo con él, tengo el mensaje interiorizado y añado, a medida que hablo, algunos elementos que puedan ser relevantes. El médico se muestra muy interesado y me da algunas explicaciones pero me aconseja que llame a otra dependencia. Lo hago. Le repito de pe a pa lo mismo, esta vez no introduzco ningún elemento nuevo. La señora que atiende se desentiende y me pasa a domiciliaciones donde asegura que me atenderán. Vuelvo a repetir el discurso después del ¿en qué puedo ayudarle? Esta vez, la mujer que está detrás del teléfono, parece que si que va a tomar una decisión, pero al final decide que llame a la planta de ginecología que allí sabrán a que atenerse. Durante media hora lo intento pero comunica. Al final decido llamar al hospital del parto. A la segunda llamada un hombre me contesta. Le explico el problema esta vez con todos los detalles posibles. Me corta. Dice, yo diría que jocosamente, que estoy llamando al BBVA (Banco Bilbao Vizcaya) y que bastantes problemas tienen con las hipotecas como para asumir nuevos servicios de atención al cliente.

domingo, julio 29, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - EL CONCURSO

Un día me presenté a un concurso de relatos breves. Era una historia que pretendía ser alegre, desenfadada. Como el concurso era en el Ateneu barcelonés situé allí el escenario. Dios, un señor mayor, paseaba por el Ateneu (un lugar de señores mayores) y sus preocupaciones eran las lingüísticas y otros temas igual de importantes (como las de los señores mayores de allá). Se falló el concurso y por supuesto no gané. Fuimos a cenar con uno de los miembros del jurado, su joven pareja, otra moza a la que empezaba a mirarla con otros ojos, un capullo y alguno más. Durante la cena comentaron los problemas de la selección. El miembro del jurado comentó lo alucinante que eran ciertas obras. Lo malas que eran algunas de las presentadas. Es que hay algunas que no había por donde cogerlas. Puso como ejemplo una, la de un relato que aparecía Dios, y que era disparatada. Entre él y su pareja iban citando párrafos textuales del cuento. Se habían reído mucho y al comentarlo los comensales, riéndose, también encontraron disparatada la historia. Ella empezó a contar el final y yo acabé la frase. Tragué saliva, dije que lo había presentado yo. La joven se quedó silenciosa, temerosa de haber estropeado algo. Su compañero, el del jurado, riendo, dijo que no me hiciera caso, que yo era un bromista.

martes, julio 03, 2007

HISTORIAS VERDADERAS -TRAGEDIA EN EL METRO

Subí, por los pelos, al último metro de la noche. Estaba casi vacio. Había una joven que miraba abstraída un punto lejano. Dudé si sentarme a su lado, aunque habiendo tantos asientos vacíos pudiera interpretarlo como algo equivocado. Dos treintañeros de aspecto sudamericano se sentaron relativamente cerca de ella. Así que opté por hacerlo más lejos y seguir releyendo a Otelo. Hay que ver lo mala persona que es Yago. A las dos o tres paradas subieron media docena de adolescentes magrebies con una radio inmensa a todo volumen. Se sentaron en el grupo de asientos de delante, junto a los dos hombres, que hablaban entre ellos. Me removí en el asiento. A la joven también le molestaba la algarabía. Alguien debería decirles que no hiciesen tanto ruido. Además empezaron a encender cigarrillos a pesar de que todo el vagón estaba lleno de pegatinas que lo prohibían. Intenté volver a concentrarme en la escena donde Casio cae burdamente en la trampa. Es lo que más me molesta de las tragedias, parece que los personajes no piensen. Se dejan llevar por una inercia patética, como marionetas en un mundo que no comprenden. Así les va. Unos gritos me hicieron levantar la mirada. Uno de los hombres le decía al chaval que tenía al lado que apagase el cigarrillo y este, aunque no de forma directa, se negaba formulando un elaborado discurso sobre la libertad. El hombre estaba bastante enojado y su voz empezaba también a molestar. Los otros adolescentes los empezaron a rodear, pensé que se iban a abalanzar contra él. Cerré el libro y me puse de pie en la plataforma, así si pasaba algo podría intervenir. La joven contemplaba la situación evidentemente nerviosa. Se oyó un ruido seco. El hombre había dado un cabezazo, un golpe certero, en la cara del chaval. Alguien apagó la radio. Yo me adelanté con intención de mediar. Los chavales, de pie, se apartaron silenciosos mirando a su compañero herido. El golpeado contemplaba como manaba sangre de su nariz más asombrado que dolorido. Uno intentó acercarse al hombre, pero su compañero de un manotazo lo tiró contra el suelo. El metro se paró en una estación y se abrieron las puertas. Otro le escupió, le alcanzó en la camisa, y salió corriendo del vagón. Un tercero intentó repetir la hazaña, pero antes de lograrlo el hombre, que hasta ese momento me había parecido más bien lento y obeso, le atizó una patada de kárate que lo lanzó contra la puerta justo cuando entraba una señora mayor. Todos los adolescentes salieron del vagón corriendo e insultando. Cuando se cerraron las puertas, más seguros, siguieron haciendo gestos obscenos y provocativos y así continuaron mientras el metro reemprendía su recorrido. Los dos hombres, mientras el del escupitajo se limpiaba con un pañuelo siguieron hablando como si no hubiera pasado nada. Así que me volví a sentar y seguí con la tragedia de Otelo.

jueves, junio 21, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - EL ENCUENTRO

En el metro una mujer le saluda.
Él sonrie y devuelve el saludo.
No la reconoce aunque su cara le resulta familiar.
Ella le llama por su nombre.
Él hace una broma: No te he pasado la pensión de nuestro hijo?
Ella se da cuenta de que no la recuerda y se presenta: Elena.
Habian sido novios durante un año.
La recordaba más bajita, más rubia.
Era la chica más guapa con la que habia salido.
Tocaba el piano y le encantaba listz, aunque su mano era demasiado pequeña para ciertos acordes que el compositor, con una mano más grande, había compuesto.
Rompieron. Rompió él. Porque ella se le enganchó como una segunda piel.
Ella buscaba su media naranja y él quería una fruta entera.
Eso al menos era su justificación.
Ella hace un resumen de su vida. Se casó poco después con un payaso. Él pensó, igual se lo dice medio sonriendo, que le hubiera parecido mejor un ingeniero. Pero no, solo lo piensa.
Esta casada y tiene dos hijas. Le enseña las fotos, la mayor se parece a la que él recordaba.
Es la parada de ella. Se despiden, sin teléfonos, sin forma de contactar.
Se da cuenta de ello cuando se cierran las puertas.

lunes, junio 18, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - LA LIBÉLULA

A causa de los remordimientos, llevaba más de dos años pagando el gimnasio y no iba nunca, una mañana festiva decidí ir. Gracias a murphy estaba cerrado por reformas. Descolocado me senté bajo una encina en el parque de la españa industrial. Al lado había una libélula. Pequeña, con las alas aún húmedas. Hacía años que no veía libélulas por barcelona. La acerque un palito para que se subiera, no fuese a que alguien la pisara. La puse cerca mío, al sol. Los homotermos debemos ser solidarios con estos bichitos que no pueden regular su temperatura. Pasé unos 10 minutos admirando sus alas, su abdomen, sus ojos. Me sentía una mezcla entre niko timbergen, rodriguez de la fuente y martin luther king. Me iba a ir, pero no podía dejarla allí, sola, desamparada, al pie de algún corredor desaprensivo. Alcé el palo y lo bajé varias veces, ella movia las alas. Al final hice un movimiento rápido y ella se quedó volando. Fija en el aire. Se quedó cerca de mi. Dio un par de vueltas a mi alrededor. Me estaría reconociendo con sus decenas de ojos hexagonales? Me iba a levantar cuando oi un chasquido metálico. Un vencejo había pasado por donde estaba la libélula.

lunes, junio 04, 2007

HISTORIAS VERDADERAS, SEGUNDA PARTE DE LA IMPORTANCIA DE LOS NOMBRES

Es un hombre mayor, con gafas para el sol. Está sentado en la puerta de un bar. No sabrías que edad ponerle, pero no parece muy mayor, habla rápido y su cabeza parece estar en perfectas condiciones. Solo cuando camina parece que lo hace algo más lento de lo habitual. Vamos, que no corre los 100 metros en menos de 12 segundos. Dice tener 100 años. Lo miras con cara de que qué me vas a contar. Saca su documento de identidad. Nació en 1906. Más de 100 años. Me fijo en su nombre. Jovencito. Así, tal cual.

sábado, marzo 24, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - EL COMPAÑERO

Trabajaba en una pequeña escuela de educación especial. Era mi primer trabajo con nómina después de la facultad.
El ambiente no era muy bueno. En el trabajo los problemas son inversamente proporcionales al tamaño. Cuanto más pequeño es el centro los problemas se amplifican, cuando más grande es se diluyen. Eramos unos diez: maestros, fisioterapeutas, psicólogos y auxiliares. Y un administrador: Luis, un treintañero alto, pálido, que nunca sonreía y que hablaba poco. A pesar de todo ello estaba casado. Era el hombre de confianza del presidente de la escuela.
Habíamos intentado incorporar al administrador al equipo, tratándole como un compañero más. Pero él se sentía diferente. No quería oír hablar de sindicatos ni de mejoras laborales. Trabajaba de administrativo por las tardes en un banco y, este trabajo, por las mañanas debía hacerle creer que era un directivo.
Hubo rumores que se había liado con la madre de un alumno. Rumores. Apenas los escuchaba. No porque no me interesaran si no porque había demasiados. Además el mal ambiente hacía que se creasen grupos. Básicamente se crearon dos: en uno estaba yo y en el otro el resto. No dice mucho de mi, lo sé. El problema, lo descubrí más tarde, era que cuestionaba el trabajo que hacían los profesionales más antiguos. Y ellos tenían el poder. Y la gente se une a los que tienen el poder.
Un día vino el marido de la que supuestamente estaba enrollado el administrador. No era muy alto pero si atlético y nervioso. De su misma edad. Tenía dos títulos universitarios, economista y abogado. Preguntó por Luis, no estaba, le dije que si quería esperarle no lardaría mucho. Lo esperó en el despacho. Más tarde sonó el teléfono, era la madre del niño preguntando por Luis. Le dije que no había llegado, pero si quería le pasaba con su marido que si estaba. Ella no quiso, pero me pidió que avisara a Luis para que la llamase lo antes posible.
Volví con mis niños. Recuerdo que la puerta de alguien al entrar. Poco después gritos, golpes, chillidos...
Unas maestras entraron descompuestas en el aula donde estaba, me dijeron que se estaban matando, no me lo verbalizaron pero me pedían que hiciese algo.
Mecánicamente me saqué las gafas, pensé que se me podían romper, y salí al pasillo. El padre golpeaba con todas sus fuerzas y con una barra de hierro la cabeza del administrador. Este se cubría con las dos manos. Las cabeza, las manos, las paredes del pasillo estaban manchadas de sangre. Chillaba como un cerdo, no es un insulto, he oído los cerdos cuando están asustados. Un grito agudo, inacabable, sin vocales. No sé porque con estas experiencias no me adelanté a Tarantino. Arrebaté la barra del agresor. Este, cuando se vio sin ella se apaciguó. Me llevé a Luis al baño, vino una fisioterapeuta que también era enfermera. Tenía el cráneo roto por varios lugares, salían borbotones de sangre con las pulsaciones. También tenía los dedos fracturados. El marido tendría dos carreras pero no había rematado la faena, claro que Luis se movía y eso dificultaba el trabajo. Ayudé a vendar la cabeza con unos paños.

Habían llamado los demás a la policía y a una ambulancia.
Las compañeras que hasta hacía menos de una hora no me dirigían la palabra, me pedían por favor que me quedase con el agresor, ellas no se atrevían. No era para eso por lo que me pagaban pero me fui con él a un despacho. Él había llamado a su abogado. Estaba tranquilo. Me empezó a contar que Luis le había puesto los cuernos, yo aún tenia los zapatos manchados de sangre y la adrenalina por las nubes como para prestar atención a los detalles.

Se llevaron a Luis al hospital para que los interinos solucionaran el rompecabezas (lo siento, es un chiste fácil).

Más tarde, después de la policía y de intentar limpiar el desaguisado sonó el teléfono. Era la mujer de Luis, ya debía estar en el trabajo y no había llegado. Sucedía algo? Le dije que no se preocupase, que había tenido un pequeño accidente, que lo habían llevado al hospital pero que estaba bien. La mujer me dijo que no le mintiese, que qué había pasado, nada, le seguí mintiendo no sé por qué; le dije que había tenido una pequeña pelea con un padre y que tenía unos cuantos golpes. La mujer se puso histérica, empezó a gritar que lo sabia, lo sabia, lo tenían que haber matado, por cerdo... empezó a insultar a su marido y yo, con una tranquilidad postadrenalínica digna de un buda tibetano, colgué el teléfono.

Me encontré casualmente a Luis un día por la calle.
Habían pasado unos meses. Yo había dejado la escuela y él creo que tampoco iba por allí.

No habíamos vuelto a vernos desde entonces.

Me vio de lejos, al acercarse me saludó. Pensé que me daría las gracias o que mostraría agradecimiento. Recordé que en algunas culturas quedas en deuda con el que te ha salvado la vida.

Me dijo: Hola Carlos! Cómo estas?

miércoles, marzo 21, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - LOS LIBROS

Mi tío Daniel tuvo que dejar los estudios de pequeño para ponerse a trabajar. A pesar de ello o quizás por ello la palabra impresa la tiene en mucha consideracion. Si quiere afirmar algo taxativamente asegura que lo leyó en un libro. Cuando yo era un adolescente recuerdo verle, entre alucinado y admirado, copiar en su mesa de conserje, libros de temas variados que alguien había abandonado. Con su letra esforzada, compleja y con aristas llenaba, cual monje medieval, libretas rayadas de caligrafía.
Cuando tuve mi propia biblioteca, empezó a pedirme prestados libros, tres o cuatro que me devolvía al mes o mes y medio. Es que la televisión atonta, argumentaba. Yo seguía con esa sensacion que bordeaba la admiración por su perseverancia y la sonrisa burlesca contenida. Al principio le pasaba novelas que consideraba sencillas. Pero su consumo no aflojaba y pasé a pasarle obras más complejas. Él seguía devolviéndomelas al mes, mes y medio. Su comentario nunca se apartaba de está bien este libro, es muy interesante. Lo mismo tardaba y decía para Siete días que conmovieron al mundo de John Reed que Crónica de una muerte anunciada de García Márquez. Empezó a releerse mi biblioteca, cosa que yo no he conseguido.
Un día me comentó que no hacia falta que le pasase libros por una temporada, que sus vecinos le habían dejado unos cuantos. Estaba entusiasmado. Uno de los libros habla de Alfonso XII, Alfonso XIII, barcelona... le pregunté si era un libro de historia. Me contestó que no. Que cuando lo acabase me lo pasaría. Tardó más del usual mes y medio. Al final me lo trajo. Era el tomo primero de la enciclopedia salvat.
Aunque nunca me confesó sus dificultades de comprensión para reyes le compré un diccionario. Elegí uno manejable, de letras grandes. Le expliqué su uso. Parecía complacido. Al mes me lo trajo, lo había leído. Estaba bien, fue su valoración, habla de todo. Le comenté que era para él, para que lo consultase cuando quisiera. Para qué lo quiero, me respondió, quedatelo tú, que los guardas, yo ya lo he leído.

sábado, marzo 17, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - LA PRIMERA VEZ

Nos fuimos a pasar unos días a la costa. Era su primera vez.
Nunca he entendido por que a algunos hombres les gusta ser el primero. Empatizo con el chico pijo en the last picture show cuando le dice a la tierna y decidida Cybill Shepherd que primero se busque a otro y que luego hablarían.
Yo no era virgen pero tenía una verruga en la nuca. Me pareció que estaría más atractivo sin ella.
En la farmacia me dijeron que con nitrato de plata me la podría quitar.
Delante del espejo del cuarto de baño y con unos bastoncillos que parecían inocuos me lo puse en la verruga.
No parecía que desapareciese. Me puse más. No había ninguna reacción.
Aquello era una engañifa.
Estuve con el nitrato y la verruga hasta que me cansé. O quizás hasta que alguien llamó a la puerta del cuarto de baño.
Fuimos a la costa brava. A un hotel pequeño que quería tener encanto. Lo regentaba una pareja de mediana edad. Me pareció que el hombre sonrió libidinoso cuando subíamos a la habitación.
Nos besamos inquietos.
Me tocó la nuca y grité. Los alrededores de la verruga era una llaga. La verruga, como un islote, resaltaba más.
Como era la primera vez nos pasamos mucho tiempo con los preliminares.
Al final intenté entrar.
Cara de dolor.
Cara de no pasarlo bien.
Probamos, pruebo, unos minutos más pero con el mismo resultado.
Ella insiste en continuar.
Un pequeño esfuerzo. No cede.
Compruebo que sea el camino adecuado. Uno nunca esta seguro de nada.
Empujo con más fuerza. Sigue sin ceder.
Ella pone cara de no te preocupes, me estoy muriendo pero no importa.
Cierro los ojos pero sigo viendo esa cara.
Desisto, lo dejamos para otro momento. Argumento: tenemos días por delante.
Dormimos abrazados, pero a mi me duele cada vez más el cuello y ella, cariñosa, insiste en abrazarme.
Por la mañana me busca.
Trabajo todo lo que hay que trabajar y que según la Hellen Singer Kaplan se necesita para acabar con el vaginismo.
!He estudiado sexología, coño! (valga la redundancia). Debería ser capaz de resolver el problema.
Ánimo, valor y al toro.
Ella, todo hay que decirlo, me anima.
Ella pone cara de me voy a morir pero es una prueba de amor.
Parece que cede algo.
Yo cierro los ojos y pienso en el Cid, en Hernán cortes, en don Pelayo y en Manolete.
Al final paramos. Miramos el resultado. Hay sangre. La matanza de Texas, un mixto.
Bueno, algo hemos hecho. Bajamos a desayunar.
Estamos más animados aunque no sé que que ponerme que no me roce el cuello.
El día pasa agradablemente como una pareja razonablemente enamorada. Yo vigilando que no me de el sol en la nuca. Descubro con asombro que todos los golpes van dirigidos a esta parte del cuerpo: desde la bandeja del camarero hasta el dedo índice de un señor que no sé que está señalando.
A medida que oscurece temo la vuelta al ruedo.
Ya en la cama ella me busca, me anima con gestos y palabras.
Hago de tripas corazón y me pongo a la faena.
Lo intento, lo intentamos, a pesar de la oscuridad y de los ojos cerrados veo su cara de sufrimiento: esto lo hago por ti.
Yo no sé que cara pongo.
A pesar de que se lo he dicho infinidad de veces en momentos que quieren ser tiernos me pasa los brazos por el cuello y me atrae hacia ella. No solo no lo consigue si no que me aparto maldiciendo la llaga.
No hemos avanzado lo más mínimo y creo que lo avanzado por la mañana lo hemos perdido durante el día.
Nos dormimos con sensación de fracaso y frustración. Yo lo más alejado de ella, boca abajo y con un vendaje en el cuello que he comprado en una farmacia.
Antes que ella se despierte ya me he levantado, me he duchado y casi estoy vestido pero en ese momento ella abre los ojos y me llama.
Lo intentamos. Es por la mañana y el sol aún está muy bajo.
Ella gime pero es de dolor. Me planteo apuntarme al bastión más conservador del Opus dei. Comprendo que haya hombres que prefieran no tener relaciones antes del matrimonio. Incluso durante el matrimonio. Veo con agrado los argumentos de respetarse sin sexo.
Lo dejamos para más tarde.
Paseamos, comemos y ella insinúa hacer la siesta.
Le argumento que no, que hay que aprovechar el día. Al llegar la noche pretexto que me duele el cuello. Que he comido algo que me ha sentado mal en el estómago (eso siempre despierta algo más la solidaridad). Que aún nos quedan dos días. Que esto del himen es un mito y no hay porque obcecarse con la penetración. Que hay más cosas... Ella pone cara de me estás vendiendo la moto.
No valen los subterfugios.
Intento no pensar más que en que lo voy a conseguir, me duele la llaga pero no importa. Sigo. Parece que cede. Entra una pequeña parte. Oigo los gritos de to-re-ro, to-re-ro que yo mismo me digo (es broma, no me digo nada, bastante tengo con lo que tengo). Ha entrado algo más. Ella sigue entre la sonrisa falsa y la mueca de dolor. Pregunta si ya está. Yo le respondo que vamos por el buen camino y que mañana será otro día. Me planteo pedir una black and decker al recepcionista y acabar de una vez por todas.
Al día siguiente y como quien va al trabajo lo volvemos a intentar. Sorprendentemente algo cede y caigo al abismo del interior. Me abraza, llorosa pero sonriendo de verdad y sin querer me vuelve a apretar la llaga ya que se he perdido el vendaje en la brega.

miércoles, marzo 14, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - LO INALCANZABLE

Me gustaba. Mucho. Estábamos en último curso de carrera
Pero ella no me hacia caso.
Me consideraba un amigo, un confidente y me contaba sus amoríos con fulanito o menganito.
Y yo por ella...
Llegué al extremo de saber que iba a pasar la semana santa en el delta del Ebro. Me compré una tienda de campaña y me fui allí para hacerme el encontradizo.
A pesar de lo improbable, nos encontramos. Ella estaba con una amiga y, la verdad, no me hizo mucho caso.
Sin tener nada mejor que hacer me peleé con la tienda polaca. Tenía defectos de fabricación.
Maldije mi mala suerte, la tecnología polaca y la semana santa.
Se acabó la facultad. No nos vimos hasta que un día, por casualidad, nos encontramos en la calle.
Estaba como siempre. Con su cabellera rojiza y rizada.
Me invitó a cenar en su nuevo piso, en l´esquerra del eixample.
Cenamos. Hablamos de los viejos tiempos, de los compañeros, de los profesores, de los proyectos...
Todo era cordial y distante.
En los postres y cuando estaba sobrevolando la despedida me preguntó si quería fumar maría.
Le dije que bueno. A mi la maría nunca me había hecho efecto y a veces dudaba de que si lo que la gente realmente sentía era un efecto placebo.
Me hizo efecto. Me entró la risa.
Nos empezamos a besar pero yo estaba entusiasmado con los efectos de la maría.
Empezamos en el sofá del salón y acabamos en la cama de su dormitorio.
Pero yo estaba aún más maravillado por los efectos del delta 9-tetrahidrocanabinol.
Volví al salón, con la luz apagada. Miré entre los libros de la biblioteca de diseño.
Escogí palabras para Julia. Me senté desnudo y sin gafas en el respaldo del sofá. La única luz era la que se colaba por los ventanales.
Leía deleitándome en los poemas. En cada palabra. En las pausas.
Ella me reclamó desde la habitación, pero yo no podía dejar la embriaguez que me producía Goytisolo.

martes, marzo 13, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

Julia* es joven. Es catalana. Es evangélica. De las de creencias firmes en su fe.
Julia tenía un novio con el que se iba a casar. Se llamaba Sidartha.
El novio era catalán, no hindú. El novio estudió psiquatría, quizás, el nombre tuvo algo que ver en ello.
El hermano del novio se llamaba Rabindranath. Tampoco era hindú, era catalán (pero esa es otra historia) .
El origen de los nombres se debe a que a los padres les gustaba mucho Herman Hesse y Tagore.
Un escritor debe preveer el éxito de sus obras y tener en cuenta, entre otras cosas, el nombre que da a sus personajes.
Julia ya tenía apalabrada el novio, el piso y la boda.
Pero apareció otro joven.
Se llamaba Christian.
Julia, aparte de los encantos de Christian, vio una señal, quizás divina, en ese nombre.
Abandono a Sidartha, el piso y la boda y se casó con él.
Eso es todo.


*Es el único nombre que no es real. Esta es la única parte de ficción del relato, mi imaginación no da para más.

martes, marzo 06, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - DIAGNÓSTICO

Una vez tuve un problema ocular.
Veía cierto halo en las luces por la noche.
Como no creo en fenómenos paranormales fui al oftalmólogo.
Este me dijo que era un problema con los lagrimales, nada serio, pero que debería utilizar un líquido jabonoso para toda la vida.
Uno cree a un señor que lleva una bata blanca y que se ha pasado la mejor parte de su vida mirando ojos.
Pasó el tiempo y la cosa no iba a mejor. Es más, yo diría que empeoraba.
Volví al médico pero no estaba, me atendió el que le substituía.
Me dijo que el diagnóstico anterior era erróneo.
Que siguiera utilizando el líquido, pero, que lo que yo tenía, era un principio de cataratas.
A mi edad.
Pero bueno, mucha gente se opera y no pasa nada.
Casi una operación menor. Olvidemos la palabra yatrogénia.
Me mandó al oftalmólogo del hospital para realizar pruebas.
Este me miró y me hizo las pruebas. No, no era cataratas.
Tenía una degeneración en la córnea.
Tiene solución? pregunté. Frunció los labios. Trasplante.
Me vi levantándome temprano los fines de semana con un termo cargado de hielo y un cuchillo y esperando que un jovencito borracho se subiera a una moto y se estrellara para yo poder arrancarle los ojos.
No puedes dejar estas cosas al azar.
A la que te descuidas te quedas sin córneas.
Habían pasado casi 8 meses y las luces en las noches eran como las que veía Van Gogh, con lo que llegué a la conclusión que el pintor debía tener lo mismo que yo.
Un día se me acabo el líquido.
Sabéis como soy: lo dejé para el día siguiente.
Una cosa lleva a la otra y ya había pasado una semana.
Veía perfectamente.
No soy capaz de volver al oftalmólogo. Me podrían dar otro diagnóstico.

jueves, marzo 01, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - EL AMOR

Tengo un amigo que se fue a Lisboa.
Era un don Juan.
Esa al menos era la fama que tenía.
Volvió al cabo de una semana, estaba enamorado.
Se llamaba Fãtima.
Decía que no podía concentrarse en nada, que todo le caía de las manos,
que por primera vez en su vida estaba enamorado.
A los dos días llamó su hermano,
tenía hepatitis.
Había confundido los síntomas.
Claro, nunca le había pasado.

Para Andrea, la vi media hora en Arequipa y sin embargo nos escribimos como si nos conociésemos de toda la vida.