Comemos con mi tío, Laise y otro amigo brasileño.
Mi tío, que ya ha cumplido 90 años, inquiere sobre Brasil.
-¿Teneis democracia?
-Si- responde Laise.
-En España costó mucha sangre conseguirla. ¿Allí tambien costó conseguirla?
-También. Hubo una dictadura.
La conversación deriva a otros aspectos, como la gastronomía.
-¿Y allí se puede comer jamón?
-No, es muy caro.
-Pues si la gente normal, - asegura mi tío- no puede comer jamón. Ni es democracia, ni es na.
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lunes, agosto 20, 2012
miércoles, agosto 11, 2010
LA SUERTE
A mi tío, dos veces viudo, una señora le transmitió sus condolencias:
-Qué mala suerte, se le han muerto sus dos mujeres.
-Peor suerte tuvieron ellas -respondió él.
sábado, octubre 03, 2009
SOBRE LAS OLIMPIADAS
Disfrutamos con los tagliolinis que hacen en la tienda de abajo. En mitad de la comida sale el tema de las olimpiadas. Mi tío opina:
-Mira, si fuese para esos talentos que sacan cosas, como el de la penilicina, por ejemplo, que evitan que se muera gente joven... Pero vamos... Para esos que están en calzoncillos que les dan un dineral cuando hay gente que se les comen las moscas... Que vayan a trabajar en el campo. Allí trabajando si que se hace deporte.
El mundo está loco.
lunes, octubre 13, 2008
POLÍTICA ECONÓMICA
"El dinero no es como la fruta. No se pudre.
El dinero se ha ido a algún sitio. Que hay muchos ladrones."
Aclaración:
Mi tío tiene 86 años y no pudo ir a la escuela.
miércoles, marzo 21, 2007
HISTORIAS VERDADERAS - LOS LIBROS
Mi tío Daniel tuvo que dejar los estudios de pequeño para ponerse a trabajar. A pesar de ello o quizás por ello la palabra impresa la tiene en mucha consideracion. Si quiere afirmar algo taxativamente asegura que lo leyó en un libro. Cuando yo era un adolescente recuerdo verle, entre alucinado y admirado, copiar en su mesa de conserje, libros de temas variados que alguien había abandonado. Con su letra esforzada, compleja y con aristas llenaba, cual monje medieval, libretas rayadas de caligrafía.
Cuando tuve mi propia biblioteca, empezó a pedirme prestados libros, tres o cuatro que me devolvía al mes o mes y medio. Es que la televisión atonta, argumentaba. Yo seguía con esa sensacion que bordeaba la admiración por su perseverancia y la sonrisa burlesca contenida. Al principio le pasaba novelas que consideraba sencillas. Pero su consumo no aflojaba y pasé a pasarle obras más complejas. Él seguía devolviéndomelas al mes, mes y medio. Su comentario nunca se apartaba de está bien este libro, es muy interesante. Lo mismo tardaba y decía para Siete días que conmovieron al mundo de John Reed que Crónica de una muerte anunciada de García Márquez. Empezó a releerse mi biblioteca, cosa que yo no he conseguido.
Cuando tuve mi propia biblioteca, empezó a pedirme prestados libros, tres o cuatro que me devolvía al mes o mes y medio. Es que la televisión atonta, argumentaba. Yo seguía con esa sensacion que bordeaba la admiración por su perseverancia y la sonrisa burlesca contenida. Al principio le pasaba novelas que consideraba sencillas. Pero su consumo no aflojaba y pasé a pasarle obras más complejas. Él seguía devolviéndomelas al mes, mes y medio. Su comentario nunca se apartaba de está bien este libro, es muy interesante. Lo mismo tardaba y decía para Siete días que conmovieron al mundo de John Reed que Crónica de una muerte anunciada de García Márquez. Empezó a releerse mi biblioteca, cosa que yo no he conseguido.
Un día me comentó que no hacia falta que le pasase libros por una temporada, que sus vecinos le habían dejado unos cuantos. Estaba entusiasmado. Uno de los libros habla de Alfonso XII, Alfonso XIII, barcelona... le pregunté si era un libro de historia. Me contestó que no. Que cuando lo acabase me lo pasaría. Tardó más del usual mes y medio. Al final me lo trajo. Era el tomo primero de la enciclopedia salvat.
Aunque nunca me confesó sus dificultades de comprensión para reyes le compré un diccionario. Elegí uno manejable, de letras grandes. Le expliqué su uso. Parecía complacido. Al mes me lo trajo, lo había leído. Estaba bien, fue su valoración, habla de todo. Le comenté que era para él, para que lo consultase cuando quisiera. Para qué lo quiero, me respondió, quedatelo tú, que los guardas, yo ya lo he leído.
Aunque nunca me confesó sus dificultades de comprensión para reyes le compré un diccionario. Elegí uno manejable, de letras grandes. Le expliqué su uso. Parecía complacido. Al mes me lo trajo, lo había leído. Estaba bien, fue su valoración, habla de todo. Le comenté que era para él, para que lo consultase cuando quisiera. Para qué lo quiero, me respondió, quedatelo tú, que los guardas, yo ya lo he leído.
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