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martes, marzo 02, 2010

LA VIDA EN UNA MACETA DE BALCÓN

El romero (Rosmarinus officinalis) está florecido. Aparece una especie de bicho pequeño, vuela como un colibrí pero es un insecto; no tiene las alas grandes de las mariposas, ni su colorido, pero sí su lengua; su vuelo es rápido como el de las abejas o las avispas pero su cuerpo es más alargado...
Al final consigo averiguar quién es el vecino: la esfinge colibrí o Macroglossum stellatarum.
Me fascina que esté ahí libando una flor en mi balcón. Tan frágil, tan poderoso.
Aparece una abeja (Apis mellifica) que se pelea con el nazareno (Muscari sp.) llamado así por la apariencia de capirote morado, y que florece aproximadamente por Semana Santa.
Intento hacer fotos pero lo único que no se mueve son las plantas.

Por hoy y solo superficialmente con esta maceta ya hemos acabado.
Y luego dicen que no pasa nada en casa.



martes, julio 21, 2009

AVISPAS 2

Voy al arenal con mi hija y no puedo dejar de mirar a las avispas (Philanthus triangulum). Mi hija se lleva todo a la boca y hay niños peligrosos a su lado pero me fascina estas avispas que 70 años y miles de kilómetros de distancia a las que vio Tinbergen actúan igual. Al fin
al una deja la abeja que ha cazado en el suelo y busca su nido. Tengo
el libro entre las manos y leo cuales son las características físicas que favorecen el reconocimiento: objetos tridimensionales, grandes, cerca de la entrada, contrastados... Los niños que han estado antes han hecho montañas de arena y han colocado hojas de ficus alrededor. Ni los del CSI lo encontrarían. Al final la pobre avispa estará más de 10 minutos buscando y harta, supongo, deja el cadáver de la abeja y se va a otro sitio. Yo, glups, dejo de mirar avispas y me encargo de que mi hija sobreviva al parque.
Seguro que Tinbergen no tenía hijos cuando las observaba.

jueves, julio 16, 2009

ARENA, NIÑOS, AVISPAS

Estoy en el parque con mi hija. Unas avispas revolotean sobre el arenal donde los niños juegan con sus cubos y sus palas.
Una madre me advierte que hay abejas.
Una de ellas da vueltas y al final se mete en un pequeño agujero que previamente ha construido. Pienso en Niko Tinbergen. Un verano se dedicó a mirar atentamente a las avispas que vivían en una zona arenosa. Para distinguirlas pintó cada una con un color diferente de pintauñas. A la salida del nido se dio cuenta que la avispa miraba el entorno del mismo, como recordándolo, después se iba. Tinbergen los fue cambiando añadiendo y quitando elementos obligando a la avispa memorizar la entrada. Algunas eran tipo Einstein ya que enseguida recordaban el lugar, a otras en cambio les costaba más tiempo. Así descubrió que las avispas podían reconocer colores, formas... No sé si me sorprendió más que las avispas fueran tan espabiladas o su imaginación para poder estudiarlas. Por estas y otras cosas le dieron el Nobel.
Una niña de unos tres años le quita el cubo a mi hija y chilla un poco. El padre de unos treinta y pico con barba cuidada de varios dias está cerca y no dice nada. Le digo a la niña que podemos jugar todos juntos. Mi hija la mira atentamente. La niña de unos tres años le quita la pala a mi hija y chilla un poco. Le dejo otra pala que tenemos. El padre dice: Iris, deja que la niña juegue también. Le digo al padre, buscando la complicidad: Vaya carácter. Este asiente sin sonreír y sin mirarme.
Iris tira la arena de la pala encima del pie de mi hija. El padre mira su móvil ausente. Iris tira arena encima de la cabeza de mi hija. Le quito la pala y le digo que eso no se hace y que ya no jugamos más. Mi hija nos mira. El padre se da cuenta que ha pasado algo y levanta a la niña y le pide que se disculpe. Iris pone cara de enfadada-y-esto-es-una-injusticia. El padre dice que al menos se despida. La Iris está más quieta y callada que la mujer de Lot. Los dos se van.
Busco una fuente y lleno el cubo de agua. Pongo arena para poder hacer torres con el cubo. Lo pongo boca abajo y no cae nada. Una madre, comprensiva, experimentada y atenta a las leyes de la física, me indica que hay demasiada agua en la arena. Que la mezcle con arena seca y así saldrá bien.
Mi hija nos mira atentamente.

martes, julio 03, 2007

HISTORIAS VERDADERAS -TRAGEDIA EN EL METRO

Subí, por los pelos, al último metro de la noche. Estaba casi vacio. Había una joven que miraba abstraída un punto lejano. Dudé si sentarme a su lado, aunque habiendo tantos asientos vacíos pudiera interpretarlo como algo equivocado. Dos treintañeros de aspecto sudamericano se sentaron relativamente cerca de ella. Así que opté por hacerlo más lejos y seguir releyendo a Otelo. Hay que ver lo mala persona que es Yago. A las dos o tres paradas subieron media docena de adolescentes magrebies con una radio inmensa a todo volumen. Se sentaron en el grupo de asientos de delante, junto a los dos hombres, que hablaban entre ellos. Me removí en el asiento. A la joven también le molestaba la algarabía. Alguien debería decirles que no hiciesen tanto ruido. Además empezaron a encender cigarrillos a pesar de que todo el vagón estaba lleno de pegatinas que lo prohibían. Intenté volver a concentrarme en la escena donde Casio cae burdamente en la trampa. Es lo que más me molesta de las tragedias, parece que los personajes no piensen. Se dejan llevar por una inercia patética, como marionetas en un mundo que no comprenden. Así les va. Unos gritos me hicieron levantar la mirada. Uno de los hombres le decía al chaval que tenía al lado que apagase el cigarrillo y este, aunque no de forma directa, se negaba formulando un elaborado discurso sobre la libertad. El hombre estaba bastante enojado y su voz empezaba también a molestar. Los otros adolescentes los empezaron a rodear, pensé que se iban a abalanzar contra él. Cerré el libro y me puse de pie en la plataforma, así si pasaba algo podría intervenir. La joven contemplaba la situación evidentemente nerviosa. Se oyó un ruido seco. El hombre había dado un cabezazo, un golpe certero, en la cara del chaval. Alguien apagó la radio. Yo me adelanté con intención de mediar. Los chavales, de pie, se apartaron silenciosos mirando a su compañero herido. El golpeado contemplaba como manaba sangre de su nariz más asombrado que dolorido. Uno intentó acercarse al hombre, pero su compañero de un manotazo lo tiró contra el suelo. El metro se paró en una estación y se abrieron las puertas. Otro le escupió, le alcanzó en la camisa, y salió corriendo del vagón. Un tercero intentó repetir la hazaña, pero antes de lograrlo el hombre, que hasta ese momento me había parecido más bien lento y obeso, le atizó una patada de kárate que lo lanzó contra la puerta justo cuando entraba una señora mayor. Todos los adolescentes salieron del vagón corriendo e insultando. Cuando se cerraron las puertas, más seguros, siguieron haciendo gestos obscenos y provocativos y así continuaron mientras el metro reemprendía su recorrido. Los dos hombres, mientras el del escupitajo se limpiaba con un pañuelo siguieron hablando como si no hubiera pasado nada. Así que me volví a sentar y seguí con la tragedia de Otelo.

sábado, marzo 24, 2007

HISTORIAS VERDADERAS - EL COMPAÑERO

Trabajaba en una pequeña escuela de educación especial. Era mi primer trabajo con nómina después de la facultad.
El ambiente no era muy bueno. En el trabajo los problemas son inversamente proporcionales al tamaño. Cuanto más pequeño es el centro los problemas se amplifican, cuando más grande es se diluyen. Eramos unos diez: maestros, fisioterapeutas, psicólogos y auxiliares. Y un administrador: Luis, un treintañero alto, pálido, que nunca sonreía y que hablaba poco. A pesar de todo ello estaba casado. Era el hombre de confianza del presidente de la escuela.
Habíamos intentado incorporar al administrador al equipo, tratándole como un compañero más. Pero él se sentía diferente. No quería oír hablar de sindicatos ni de mejoras laborales. Trabajaba de administrativo por las tardes en un banco y, este trabajo, por las mañanas debía hacerle creer que era un directivo.
Hubo rumores que se había liado con la madre de un alumno. Rumores. Apenas los escuchaba. No porque no me interesaran si no porque había demasiados. Además el mal ambiente hacía que se creasen grupos. Básicamente se crearon dos: en uno estaba yo y en el otro el resto. No dice mucho de mi, lo sé. El problema, lo descubrí más tarde, era que cuestionaba el trabajo que hacían los profesionales más antiguos. Y ellos tenían el poder. Y la gente se une a los que tienen el poder.
Un día vino el marido de la que supuestamente estaba enrollado el administrador. No era muy alto pero si atlético y nervioso. De su misma edad. Tenía dos títulos universitarios, economista y abogado. Preguntó por Luis, no estaba, le dije que si quería esperarle no lardaría mucho. Lo esperó en el despacho. Más tarde sonó el teléfono, era la madre del niño preguntando por Luis. Le dije que no había llegado, pero si quería le pasaba con su marido que si estaba. Ella no quiso, pero me pidió que avisara a Luis para que la llamase lo antes posible.
Volví con mis niños. Recuerdo que la puerta de alguien al entrar. Poco después gritos, golpes, chillidos...
Unas maestras entraron descompuestas en el aula donde estaba, me dijeron que se estaban matando, no me lo verbalizaron pero me pedían que hiciese algo.
Mecánicamente me saqué las gafas, pensé que se me podían romper, y salí al pasillo. El padre golpeaba con todas sus fuerzas y con una barra de hierro la cabeza del administrador. Este se cubría con las dos manos. Las cabeza, las manos, las paredes del pasillo estaban manchadas de sangre. Chillaba como un cerdo, no es un insulto, he oído los cerdos cuando están asustados. Un grito agudo, inacabable, sin vocales. No sé porque con estas experiencias no me adelanté a Tarantino. Arrebaté la barra del agresor. Este, cuando se vio sin ella se apaciguó. Me llevé a Luis al baño, vino una fisioterapeuta que también era enfermera. Tenía el cráneo roto por varios lugares, salían borbotones de sangre con las pulsaciones. También tenía los dedos fracturados. El marido tendría dos carreras pero no había rematado la faena, claro que Luis se movía y eso dificultaba el trabajo. Ayudé a vendar la cabeza con unos paños.

Habían llamado los demás a la policía y a una ambulancia.
Las compañeras que hasta hacía menos de una hora no me dirigían la palabra, me pedían por favor que me quedase con el agresor, ellas no se atrevían. No era para eso por lo que me pagaban pero me fui con él a un despacho. Él había llamado a su abogado. Estaba tranquilo. Me empezó a contar que Luis le había puesto los cuernos, yo aún tenia los zapatos manchados de sangre y la adrenalina por las nubes como para prestar atención a los detalles.

Se llevaron a Luis al hospital para que los interinos solucionaran el rompecabezas (lo siento, es un chiste fácil).

Más tarde, después de la policía y de intentar limpiar el desaguisado sonó el teléfono. Era la mujer de Luis, ya debía estar en el trabajo y no había llegado. Sucedía algo? Le dije que no se preocupase, que había tenido un pequeño accidente, que lo habían llevado al hospital pero que estaba bien. La mujer me dijo que no le mintiese, que qué había pasado, nada, le seguí mintiendo no sé por qué; le dije que había tenido una pequeña pelea con un padre y que tenía unos cuantos golpes. La mujer se puso histérica, empezó a gritar que lo sabia, lo sabia, lo tenían que haber matado, por cerdo... empezó a insultar a su marido y yo, con una tranquilidad postadrenalínica digna de un buda tibetano, colgué el teléfono.

Me encontré casualmente a Luis un día por la calle.
Habían pasado unos meses. Yo había dejado la escuela y él creo que tampoco iba por allí.

No habíamos vuelto a vernos desde entonces.

Me vio de lejos, al acercarse me saludó. Pensé que me daría las gracias o que mostraría agradecimiento. Recordé que en algunas culturas quedas en deuda con el que te ha salvado la vida.

Me dijo: Hola Carlos! Cómo estas?